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HÍ
ESTÁ. COMO TODAS LAS MAÑANAS. Sentado en el banco de madera ubicado
bajo el álamo del lado norte del parque. ¿Qué se traerá ese joven
entre manos? ¿A quién pretende engañar? Son preguntas que todos los
días me hago cuando lo veo sosteniendo, entre sus regordetas manos,
un libro, y ensimismado, hundido, metido dentro de sus páginas
frunce el entrecejo, respira apasionadamente y exterioriza en su
rostro y cuerpo cuantas amarguras o deleites trasmite una
concentrada lectura. De hoy no pasa que descubra el misterio del
ciego que lee.
Decido dirigirme hacia donde está sentado el invidente. Estoy a
pocos pasos de él, uno, dos, y ni por enterado se da de mi presencia.
Tan absorto está en la lectura, tan apartado de todo que transito
varias veces delante de él y no sale de su letargo. Me para frente a
frente. Lo veo muy de cerca. Tiene las piernas cruzadas, el bastón
entre las mimas extendiéndose desde el piso hasta la altura de los
fornidos hombros. Observo las oscuras gafas donde refugia sus ojos;
el pelo negro, lacio y bien peinado; y la nariz perfilada que no
contrasta con la redonda cara y el hercúleo cuerpo. Pero eso sí, su
aspecto general es saludable y la juventud de unos treta y cinco
años, cuando más, le reboso por los poros.
Me acerco. Me acerco tanto inclinándome hacia él que puedo sentir su
respiración. Levanto las manos y las muevo haciendo sombra a la
altura de sus ojos para ver si lo puedo sacar de las páginas del
libro. Pero nada. Mis piruetas son en vano. Entonces todo, carraspeo
y es cuando el ciego con una leve sonrisa, sin ápice de incómodo
levanta la cabeza y dice:
- Buenos días ¿En qué puedo servirle?
La naturalidad del joven me sorprende. No sé que decirle. Solo atino
a responderle los buenos días y a pedirle permiso para compartir el
banco conde está sentado. Y me responde:
- No hay problema. Pero cuide de que su perro no se coma la merienda
que tengo en la bolsa que a mi lado se encuentra.
Lo queme dice, me asombra. ¿Cómo este hombre que no ve, sabe que me
acompaña un perro? Me siento y me digo:
- Perdone amigo ¿Es usted ciego?
- Sí. Soy ciego.
Al escuchar su respuesta esparramo los ojos y la boca, saco la
lengua y desorbitadamente la muevo; me revuelvo el pelo; inclino
violentamente la cabeza hacia delante, luego hacia atrás, después en
todas las direcciones; resoplo como un caballo; levanto los brazos
al cielo; suelto una carcajada, luego otra; hago silencio; respiro
profundamente y con insolente tono, sin dejar de hacer payasadas con
las manos, el rostro y todo el cuerpo; arremeto contra el ciego
diciéndole:
- ¡Creo que está usted riéndose de mí! Hace varios días vengo
observándolo y su conducta no es la de un ciego normal. Hasta puede
justificar que haya descubierto que me acompaña un perro, por eso de
que a las personas que tienen afectado un sentido se le desarrollan
los demás y usted pudo haber percibido el característico olor de
estos animales. Pero lo que si no puede justificar es que siendo
ciego como usted dice que es, pueda leer y experimentar el gozo de
la lectura. Si no eres ciego, puedes apreciar que puedo ser su
abuelo y las canas que peino merecen respeto. Y si en realidad es
ciego, le ruego, y no lo considere una falta de respeto, diga a este
curioso viejo; que no quiere irse para la tumba con tan gran
misterio carcomiéndole los huesos, ¿Cómo es posible que usted pueda
leer siendo siego?
Pensé que iba a sacar al joven se sus cabales. Pero ni con las
burlas ni la insolencia surtieron efecto en el ciego con tremenda
educación escuchó todo lo que le dije y pienso que hasta vio la
forma en que se lo dije, por que en cada una de mis muecas el rostro
se le contraía. Cuando concluí mi bufonada, el ciego cerro el libro,
lo puso encima de su regazo y acariciando la carátula con las yemas
de los boludos dedos comenzó a decirme con palabras pausadas, pero
bien entonadas:
- ¡Hay amigo! Usted, es más ciego que yo. Recuerde el refrán que
dice: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Hace
quince años que soy ciego y desde entonces, veo más que cuando
miraba hacia donde otros querían.
Y pidiéndome permiso se paró del banco. Y abriéndose paso con el
bastón, la merienda en la mano y el libro bajo el brazo, fue
alejándose de mí hasta que lo perdí de vista.
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