El ciego

Normando Hernandez Gonzalez

Prisión Kilo 7, Camagüey
5 de abril de  2009
 



HÍ ESTÁ. COMO TODAS LAS MAÑANAS. Sentado en el banco de madera ubicado bajo el álamo del lado norte del parque. ¿Qué se traerá ese joven entre manos? ¿A quién pretende engañar? Son preguntas que todos los días me hago cuando lo veo sosteniendo, entre sus regordetas manos, un libro, y ensimismado, hundido, metido dentro de sus páginas frunce el entrecejo, respira apasionadamente y exterioriza en su rostro y cuerpo cuantas amarguras o deleites trasmite una concentrada lectura. De hoy no pasa que descubra el misterio del ciego que lee.

Decido dirigirme hacia donde está sentado el invidente. Estoy a pocos pasos de él, uno, dos, y ni por enterado se da de mi presencia. Tan absorto está en la lectura, tan apartado de todo que transito varias veces delante de él y no sale de su letargo. Me para frente a frente. Lo veo muy de cerca. Tiene las piernas cruzadas, el bastón entre las mimas extendiéndose desde el piso hasta la altura de los fornidos hombros. Observo las oscuras gafas donde refugia sus ojos; el pelo negro, lacio y bien peinado; y la nariz perfilada que no contrasta con la redonda cara y el hercúleo cuerpo. Pero eso sí, su aspecto general es saludable y la juventud de unos treta y cinco años, cuando más, le reboso por los poros.

Me acerco. Me acerco tanto inclinándome hacia él que puedo sentir su respiración. Levanto las manos y las muevo haciendo sombra a la altura de sus ojos para ver si lo puedo sacar de las páginas del libro. Pero nada. Mis piruetas son en vano. Entonces todo, carraspeo y es cuando el ciego con una leve sonrisa, sin ápice de incómodo levanta la cabeza y dice:

- Buenos días ¿En qué puedo servirle?

La naturalidad del joven me sorprende. No sé que decirle. Solo atino a responderle los buenos días y a pedirle permiso para compartir el banco conde está sentado. Y me responde:

- No hay problema. Pero cuide de que su perro no se coma la merienda que tengo en la bolsa que a mi lado se encuentra.

Lo queme dice, me asombra. ¿Cómo este hombre que no ve, sabe que me acompaña un perro? Me siento y me digo:

- Perdone amigo ¿Es usted ciego?
- Sí. Soy ciego.

Al escuchar su respuesta esparramo los ojos y la boca, saco la lengua y desorbitadamente la muevo; me revuelvo el pelo; inclino violentamente la cabeza hacia delante, luego hacia atrás, después en todas las direcciones; resoplo como un caballo; levanto los brazos al cielo; suelto una carcajada, luego otra; hago silencio; respiro profundamente y con insolente tono, sin dejar de hacer payasadas con las manos, el rostro y todo el cuerpo; arremeto contra el ciego diciéndole:

- ¡Creo que está usted riéndose de mí! Hace varios días vengo observándolo y su conducta no es la de un ciego normal. Hasta puede justificar que haya descubierto que me acompaña un perro, por eso de que a las personas que tienen afectado un sentido se le desarrollan los demás y usted pudo haber percibido el característico olor de estos animales. Pero lo que si no puede justificar es que siendo ciego como usted dice que es, pueda leer y experimentar el gozo de la lectura. Si no eres ciego, puedes apreciar que puedo ser su abuelo y las canas que peino merecen respeto. Y si en realidad es ciego, le ruego, y no lo considere una falta de respeto, diga a este curioso viejo; que no quiere irse para la tumba con tan gran misterio carcomiéndole los huesos, ¿Cómo es posible que usted pueda leer siendo siego?

Pensé que iba a sacar al joven se sus cabales. Pero ni con las burlas ni la insolencia surtieron efecto en el ciego con tremenda educación escuchó todo lo que le dije y pienso que hasta vio la forma en que se lo dije, por que en cada una de mis muecas el rostro se le contraía. Cuando concluí mi bufonada, el ciego cerro el libro, lo puso encima de su regazo y acariciando la carátula con las yemas de los boludos dedos comenzó a decirme con palabras pausadas, pero bien entonadas:

- ¡Hay amigo! Usted, es más ciego que yo. Recuerde el refrán que dice: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Hace quince años que soy ciego y desde entonces, veo más que cuando miraba hacia donde otros querían.

Y pidiéndome permiso se paró del banco. Y abriéndose paso con el bastón, la merienda en la mano y el libro bajo el brazo, fue alejándose de mí hasta que lo perdí de vista.