El caso de Phillips puede considerarse
atípico de acuerdo a los tiempos que
corren, un hombre que resuelve arriesgar
su vida para proteger la de sus
tripulantes, no abunda mucho en estos
tiempos preñados de egoísmos y silencio
ante el dolor ajeno.
Cuando leemos toda la información
referente a la desventura vivida por ese
hombre, nos remonta involuntariamente a
la época dorada de nuestros navegantes,
donde brillaba aquel sentimiento de
solidaridad humana hoy en peligro de
extinción. Vienen a nuestra memoria
grandes acontecimientos navales
simbolizados por aquellos hombres
enamorados de sus naves, quienes en un
gesto suicida de alto contenido
romántico, decidían hundirse junto a
ella para refrescar la tragedia de Romeo
y Julieta en nuestro mundo de
profundidades.
Ese acto tan valiente de un capitán
norteamericano, cuyo origen mermará todo
el mérito que se merece, me obliga a
regresar hasta una flota con la cual
surqué decenas de mares, golfos, ríos,
lagos y casi todos los océanos de este
mundo. Me presiona la curiosidad por
saber cómo rayos actuaría uno de
nuestros capitanes en una situación
similar. Confieso de antemano que
existieron excepciones a cualquier regla
de valoración personal, pero casi todas
fueron desapareciendo de nuestro
panorama marítimo en la medida que
avanzaba el estado de descomposición
moral de nuestra sociedad y que afectó
enormemente la conducta de todos
nuestros marinos sin distinguir rangos a
bordo.
Surgen las primeras preguntas: ¿Qué
hubiera hecho un capitán cubano ante una
situación similar? ¿Se entregaría para
salvar a su tripulación? Tendría que
comenzar por describir a un capitán
prototipo de aquellos tiempos, ya
manifesté que pudieron existir
excepciones, si usted es de los que lee
estas líneas y se considera dentro de
ese reducido y selecto grupo “moral”, le
sugiero que salte este párrafo y no se
sienta ofendido. Hablo de aquel
pintoresco personaje que calzaba una
charretera con cuatro barras y un ancla
sobre sus hombros. Me refiero al
individuo que siempre llevaba en pendura
un “portafacho” (portafolio Samsonite
por excelencia) adquirido como soborno,
comisión o simplemente recargado su pago
a las facturas de alimentos comprados
para la tripulación. Creo que ya nos
vamos comprendiendo, me refiero al
individuo social que siempre viajaba con
ese pequeño maletín diseñado para
transportar documentos y que luego
devino en un sitio ideal para sacar
botellas de ron, tabacos, jamones, queso
y otros pequeños contrabandos. ¿Miento?
No olviden que estos camaradas poseían
cierta inmunidad concedida desde arriba,
y que no es el cielo, justificando esta
medida con la existencia de documentos
“secretos”, ¿se acuerdan ahora? El
“portafachos” se convirtió en un símbolo
de distinción social y todos anhelaban
poseerlo. Luego se degeneró su uso y
propósito cuando pasaron a manos de
sobrecargos inescrupulosos, pero no
quiero detenerme en este otro personaje
relevante de nuestra flota con
habilidades especiales para apropiarse
de lo que no era suyo.
Ya tenemos a un hombre con unas
charreteras de cuatro barras doradas y
un ancla sobre sus hombros. Le colgamos
un “portafachos” en las manos cargado
con cualquier cosa que no sea
documentación secreta y le damos una
patente de Corso para actuar con
libertad en un mundo tan podrido como el
nuestro. Viajamos con él desde las
oficinas del departamento de cuadros de
la empresa y le entregamos el mando de
un buque cualquiera (para el de bajo
poder de influencias, novatos o
simplemente tacaños que no deseaban
realizar inversión alguna por medio del
soborno) Los selectos, pícaros, piñeros,
, famosos, buenos socios, influyentes
con buenas relaciones de arriba, y hasta
los famosos políticamente correctos,
esos, se enrolaban casi siempre en los
barcos de su selección y lo hacían
acompañados de un pequeño o mediano
séquito de fieles.
¿Cuál era en términos generales la
primera preocupación una vez a bordo? El
pañol donde se guardaba el material de
representación, hablo de ron, tabacos,
cervezas, etc. Luego, veríamos cómo
llenar el refrigerador del camarote para
soportar los palos que aparecerían en el
camino. Un buen sobrecargo se encargaría
de esos suministros y después que se
caiga el mundo. Muchos llamados a
sacrificios acompañados de consignas
revolucionarias, y en muchos, muchísimos
casos, el sometimiento de las
tripulaciones a incontables penurias y
sacrificios en nombre del proletariado.
Si alguien olvidó estas páginas de
nuestras vidas, eso no me ha sucedido
aún.
Largamos el último cabo y pasamos de
través por cualquiera de los faros de
salidas en nuestros puertos. Comienza
una vida de relativa autonomía, donde
debe destacarse el poder de ese hombre
destinado para la labor de gobernar un
buque. Pero como expresé unas líneas
atrás, dentro de ese mundo aparentemente
autónomo o independiente, todo es
relativo. No pudo ese capitán satisfacer
sus caprichos y se vio obligado a zarpar
cargando la molesta presencia de un
secretario del partido que le pisa los
talones constantemente. Para molestar un
poco más su situación, cuenta entre su
tropa a un comisario político que lo
vigila a él y controla los movimientos
del secretario del partido. Vive con las
dudas y gasta mucho tiempo en descubrir
quién es el informante de la seguridad
que lo delatará cuando realice un
movimiento en falso. La tripulación
aprovecha la existencia de un secretario
del insignificante sindicato con carisma
de líder y proyección combativa que lo
molesta constantemente con demandas
absurdas. No es tan importante a bordo,
pero su lengua puede convertirse en una
daga capaz de producir profundas heridas
y hay que mantenerlo feliz. El de la
ujotacé tampoco pertenece a su equipo y
puede virarle el barco al revés por el
grado de simpatías que goza entre los
marineros. Para desgracia, el sobrecargo
es un militante con malos antecedentes
en la flota, muy vigilado de cerca por
el cocinero, quien en ese viaje ocupa el
puesto de ideológico del partido. Tiene
a un primer oficial incompetente al que
debe revisarle todos los cálculos, su
segundo oficial es el “clavista” a
bordo, un posible enemigo muy peligroso.
El jefe de máquinas le presenta una
solicitud de materiales para el próximo
puerto, no tiene oxígeno ni acetileno
para efectuar reparaciones de urgencia.
El primer oficial no para de joder por
la falta de guantes de trabajo y discos
para las pulidoras. El sobrecargo
molesta con su lloriqueo por falta de
ensaladas y harina para hacer pan. El
secretario del partido le informa que el
enfermero se bebió el alcohol de
inyectar y que no existe insulina a
bordo. El comisario político le solicita
unas botellas de ron para realizar una
“actividad” en horario de trabajo y no
se las puede negar. El tercer oficial le
hace una extensa lista de los materiales
vencidos en los botes salvavidas y las
camareras se quejan por la falta de
papel sanitario.
Redacta un mensaje para enviarlo a la
empresa donde solicita autorización para
realizar las compras necesarias. El jefe
de grupo le contesta que debe discutirlo
en el “consejillo” del día siguiente. El
“clavista” le entrega un mensaje
descifrado donde le ordenan no comprar
café y otros artículos exóticos en el
extranjero, deben continuar tostando
chícharos. La Habana contesta que el
“consejillo” le autorizó $500 dólares
para las compras de los tres
departamentos, la Patria se encuentra
asediada por un criminal bloqueo,
¡Patria o Muerte!
Si compro oxígeno y acetileno se quedan
fuera los guantes y discos de pulidora.
Si compro los discos no habrá papel
sanitario, si se limpian el trasero no
comerán ensaladas y si la comen, no
habrá plata para la insulina de los
diabéticos. El Joputa del enfermero que
inyecte con timerosal, ¿y si hay algún
alérgico?, ¡qué se joda! Estamos en
tiempos de supermán, nadie lo manda a
ser tan debilito. ¡El café, el café, el
café! No hay quien se meta este chícharo
en ayunas. ¡Patria o Muerte! ¿Cuánto
darán de comisión en el Canal de Suez?
Ya nadie da el 10% como antes, creo que
andan por el 2.5%, ¿cuánto es eso de
$500?
-¡Capitán, los piratas están exigiendo
dinero! Le informó el primer oficial.
-¿No le dijiste que solo nos autorizaron
$500 dólares para la compra de
materiales?
-Sí, pero los tipos no entienden, dicen
que eso es imposible.
-¿Y, no han cambiado su pedido?
-Dicen que tomarán unos rehenes.
-Es mejor, cuando vean el apetito de esa
gente los soltarán. ¿Qué propone el
partido?
-Dicen que usted se debe inmolar por la
tripulación.
-¿Yoooo? Aquí el que debe dar ese paso
es el comisario político, él tiene que
dar el ejemplo.
-El partido no lo entiende así, él debe
permanecer junto a las masas para
orientarlo.
-No me interesa lo que diga el
secretario, yo soy la máxima autoridad a
bordo, ¿por qué no se entrega él?
-Porque el partido es inmortal, capitán.
-Sí, pero yo no voy a regalarme por unos
cuantos cabrones que han estado
cazándome la pelea.
En dos oportunidades fuimos asaltados
por piratas, ocurrió en Rangoon y
Abidjan a bordo del buque Bahía de
Cienfuegos, pero eran piratas rateros
que se dedicaban a robar artículos de un
valor insignificante si lo comparamos
con las demandas de los piratas
actuales. Todo sucedió en un viaje
alrededor del mundo, ¿y el capitán?
Bueno, aquel infeliz fue sancionado a
segundo oficial de por vida, no por
culpa de los piratas. Regreso a las
preguntas realizadas a inicios de este
trabajo, ¿qué hubiera hecho un capitán
cubano ante una situación similar? ¿Se
entregaría para salvar a su tripulación?
Sin temor a equivocarme penetraré en el
pellejo y mente de cada uno de ellos. No
hubieran hecho nada por salvar a su
tripulación, no estarían en disposición
de pasar un simple susto por la vida de
un grupo de individuos, que en términos
generales convirtieron la suya en un
yogurt. Podrán aparecer individuos con
ínfulas o egos de héroes hoy, cuando
escribo estas líneas parodiando un poco
aquella triste situación que vivimos,
pero será difícil creerles.
¿Dónde radica el verdadero mérito de ese
capitán de una nación odiada en gran
parte del mundo? Pues no hay que
buscarlo muy lejos, el hombre se entrega
para proteger la vida de seres que
forman una tripulación posiblemente de
origen multinacional. ¿No es digno de
admiración? Por supuesto que los
detractores de los Estados Unidos
tratarán de restarle significado a su
valiente acción. Sin embargo, estoy
convencido de que una actitud similar no
se encontrará en tripulaciones donde
impera un sistema de vida irracional y
surrealista como el vivido por nosotros
los cubanos. En ese caso, la persona no
sería considerada un héroe y todos los
tomarían por loco aunque sus acciones
fueran similares a las del
norteamericano.