-Compañero tercer oficial,
dice el compañero primer
oficial que le mande el
cabrestante para la proa,
lo necesita por unos
minutos. No podía dar
crédito a lo que acababa de
escuchar y detuvo
momentáneamente sus acciones
para prestarle atención. ¿De
dónde salió este bicho? Se
preguntó mientras lo
observaba de pies a cabeza,
algunos marinos se sintieron
atraídos por aquella
solicitud y cruzaron miradas
ajenas de inocencia. El
cabrestante es un enorme
winche que pesa unas dos o
tres toneladas y está fijo a
la cubierta, tiene que ser
una broma, pensó mientras
trataba de buscar una
solución a tan extraño
pedido. Este tipo tan raro
tuvo que haber sido enrolado
en La Habana antes de salir,
tampoco pertenecía al
departamento de cubierta,
por esa razón no lo conocía,
continuaba pensando sin
dejar de observarlo. La
navegación entre La Habana y
Cárdenas dura unas tres
horas cuando máximo, tiempo
que incluía reducción de la
máquina y cambio de
combustible, tal vez por ese
corto tiempo no se lo cruzó
en los pasillos del buque.
Sabía perfectamente que le
estaban tomando el pelo y
con ello pagaría su novatada
a bordo, era
la costumbre de
aquellos tiempos. El oficial
no había evolucionado mucho,
hacía muy poco tiempo que
ocupaba esa plaza y
continuaba pensando como un
simple marinero. Su vista
recorrió rápidamente todos
los recovecos de la popa y
buscaba entre cabos y
marineros algún objeto que
sirviera para esos
propósitos. Fija a la
brazola de babor se
encontraba una sondaleza
mecánica que nunca se le
daba uso, ese equipo se
utiliza para medir
profundidades, pero solo
estaba allí para casos de
emergencia, una varadura tal
vez. En la punta del cable
se le colocaba un
escandallo, una especie de
barra pesada, muy bien pudo
tener unas treinta libras de
peso, había dos de ellas
junto al aparato.
-¡Pañolero!
Déle los dos cabrestantes al
compañero, los necesitan
para la maniobra en proa.
Pedro lo miró con cara de
espanto, como pensando que
el oficial se había vuelto
loco, pero aquel insistió en
la orden y le señaló los
escandallos. Pedro era un
hombre que no entraba en
relajo alguno y se limitó a
cumplirla, los marinos
comprendieron inmediatamente
de qué se trataba.
-Dígale al
primer oficial que me los
devuelva tan pronto termine
con ellos, los necesito para
terminar la maniobra. El
hombre partió con su pesada
carga hacia la proa, unos
ciento cincuenta metros de
distancia con escalerillas
incluidas en la
superestructura y el
castillo de proa. Ya estaban
dados algunos cabos y el
oficial lo siguió durante un
tramo de aquel angustioso
trayecto. Al pasar por el
portalón los canallas del
buque le ofrecieron un
respetuoso silencio, él
continuó su marcha pensando
tal vez que resolvería un
problema importante.
-¡Proa, aquí
popa que te llama! El
hombre marchaba a duras
penas a la altura de la
bodega número tres, le
faltaban unos ochenta metros
para alcanzar su meta.
-¡Adelante
popa, aquí la proa! Contestó
Luís R. del Valle, tampoco
era un hombre de bromas.
Logró graduarse de oficial
siendo de edad avanzada,
bastante viejo en
comparación con el resto de
los guardiamarinas, un caso
atípico en la historia de la
academia naval y digno de
admiración.
-¡Oye! Llegó
un compañero pidiendo que te
enviara el cabrestante para
la maniobra en proa, como
eso es imposible de mandar
en estos momentos, preferí
enviarte par de escandallos.
Yo sé que no los vas a
necesitar, así que me lo
devuelves con cualquier
excusa.
-¡Coño,
tercero! ¿Cuándo vas a
cambiar? ¡Mira en el
compromiso que me pones!
-No he sido
yo, tú mandas a pedir el
cabrestante y yo te envío
dos escandallos, eso es
todo.
-¡Está bien!
Pero no me metas más en
estos líos, ese hombre viene
todo derrengado por la
cubierta.
-¡Imagínate
tú! Nadie lo manda a ser tan
berraco. El oficial regresó
nuevamente a la popa
mientras a su espalda
continuaban todo tipos de
comentarios, la gente
disfrutaba de esas maldades.
Solo faltaba por dar dos
cabos más al muelle y arriar
la escala real. Mientras se
colocaban los guardarratas y
se arranchaba todo en la
popa, el hombre llegó
sudoroso, bastante agotado.
-Dice el
compañero primer oficial que
pudo resolver el problema y
ya no los necesita, que
muchas gracias. La gente se
mantuvo en silencio.
Elpidio era
un individuo algo alto,
alrededor de 1.80 m de
estatura.
Flaco, cara enjuta,
diría que bien chupada, como
si se mantuviera todo el
tiempo tratando de absorber
algo con mucha dificultad.
Su pelo era como el de los
indios de la India, negro
como el azabache y grueso,
algo ensortijado y poco
numeroso. De barba tupida y
tez brillante, empercudida
como la de muchos en aquella
tierra. Sus exageradas
entradas limitaban con la
calvicie, pero se podía
asumir que aún era de frente
amplia. Su figura era bien
triste, peor que la de aquel
Caballero andante que
peleaba contra molinos.
Calzaba aquellos zapatos
plásticos impuestos por la
necesidad confundida por
moda en aquellos tiempos.
Actuaban como ollas de
presión al mediodía cuando
el sol castigaba con saña,
convirtiendo a cada ser
humano en una especie de
termómetro, donde
el calor iba
ascendiendo desde las uñas
de los dedos de los pies
hasta el mismísimo porta
sombrero. Su pantalón de
mezclilla tenía más
singladuras que las exigidas
para aspirar al título de
capitán, pudo haber sido
adquirido cuatro años atrás
por la libreta de
racionamiento y se resistía
a la presencia de un nuevo
parche. El pullover mostraba
las huellas del paso
por un paredón de
fusilamiento, tuvo que ser
muy fresco, el apropiado
para ese clima. Hablaba muy
bajito y tartamudeaba al
hacerlo, lo hacía con miedo,
como si se encontrara fuera
de su medio, y lo estaba.
Pertenecía al grupo de
guajiros que ingresaron en
la marina cuando el reinado
de Joel Chaveco como
ministro del ramo, luego,
todo el mundo se enteraría
que había sido chapista en
Pinar del Río. Era uno de
aquellos campesinos
aventajados, muchos
de los otros
aprendieron el uso del
calzoncillo estando
enrolados. Como estuvo
vinculado de alguna manera a
ese contacto directo con
objetos de acero y lata, lo
designaron como engrasador
del barco.
El maquinista
pudo observarlo parado
frente al purificador de
combustible en diferentes
oportunidades, después
partía y revisaba su trabajo
por distintas áreas del
departamento. Regresaba
nuevamente al mismo lugar
donde permanecía absorto
durante otro período de
tiempo que se prolongaba en
cada vuelta realizada. Aquel
ciclo de visitas y constante
asedio al infeliz
purificador, despertó las
dudas y desconfianza del
maquinista de guardia.
Elpidio no se detuvo,
regresó otros minutos frente
al equipo, lo miró con
excesiva atención, se rascó
la cabeza y después se
dispuso a emprender el mismo
recorrido.
-¡Compañero!,
¿has notado alguna
anormalidad en este equipo?
El maquinista no resistió
llegar al final de
la guardia para
abordarlo y salir de sus
dudas, lo detuvo cuando
aquel se disponía a realizar
el sexto recorrido.
-No, en lo
absoluto, yo creo que está
funcionando perfectamente.
Respondió con nerviosismo.
-Chico, te
pregunto, porque te he visto
parado en varias
oportunidades junto a él.
-No se
preocupe compañero oficial,
el problema es que estoy
buscando por dónde se le
mete la ropa para lavar.
-¡Ni se te
ocurra, coño! Esto no es una
lavadora, es un purificador
de combustible cuya marca es
Laval.
A partir de
ese momento el hombre fue
bautizado con un nombre que
lo marcó por muchos años, él
se llamaba Elpidio Díaz, la
gente lo llamaba Elpidio
Díaz de Laval. Engordó y se
le llenó la cara chupada, le
cambió el color de la piel y
desaparecieron aquellos
punticos negros tan
desagradables del rostro.
Aprendió a expresarse en voz
alta, solo a eso. Llegaba de
vez en cuando a su pueblo
vistiendo pantalón de tergal
y camisa de nylon, olía a
Tulipán Negro y cargaba con
un tocadiscos portátil como
si fuera un apéndice de su
cuerpo. Hablaba sin parar de
un mundo desconocido en su
humilde pueblo y todos lo
escuchaban sedientos, era un
hombre de éxito.
Vientos de
galerna soplaron durante
decenas de años, vientos de
tal intensidad que hicieron
zozobrar todas aquellas
naves y sus hombres quedaron
abandonados. La mayoría de
ellos al garete, los más
afortunados se mantienen al
pairo, pero son muy pocos,
todos han envejecido después
de haber pagado bien caras
sus novatadas. Elpidio
regresó a su pueblo y los
equipos que comprara en
Japón se quedaron sin piezas
de repuesto. Navega
frecuentemente entre los
golpes secos del tas y el
martillo tratando de
enderezar con rabia la chapa
de un guardafango. El último
jean se resiste a soportar
otra capa de óxido y ha
confundido su color, el
pullover comprado en China
se adaptó a las exigencias
del clima y permite la
entrada de aire fresco. La
frente se le ha unido a la
nuca, dicen que perdió el
cabello después de tantos
sufrimientos y preocupación.
Tiene otra vez la cara
enjuta, como chupando
constantemente por un
absorbente tupido. Su rostro
se encuentra empercudido por
falta de jabón y recuerda
con nostalgia su último
apellido, busca dentro del
pequeño taller algo que
simule un purificador, no lo
encuentra.